miércoles, 1 de octubre de 2014

La sabiduría del zorro

El capítulo XXI me parece uno de los más memorables de El principito, la imperecedera obra del aviador Saint-Exupéry. En él se narra el encuentro entre el principito y un zorro sabio que le enseña lo que necesita aprender y, a los lectores, lo que no debemos olvidar. Esas páginas son un compendio de cuantos valores enriquecen la vida y la redimen de la pura y mecánica repetición, a la vez que se recalca en ellas la importancia de los lazos que establecemos con las cosas, los animales y las personas, ya que sólo nos sentimos cerca de algo cuando deja de sernos ajeno. Sencilla filosofía, y tan profunda.

(Josep Pla clasificaba así sus relaciones: amigos, conocidos y saludados. Él lo tenía claro, pero hoy, en los tiempos del inasible internet, todo parece más difuso.)

Pero volvamos al zorro. Cuando insinúa al principito que le “domestique”, que establezca lazos con él para llegar así a ser amigos, el principito se escuda en que no tiene tiempo, que tiene prisa por conocer muchas cosas y por descubrir muchos amigos... El zorro, que no se da por vencido, desgrana su teoría del conocer: no conocemos, le dice, sino aquello que hemos domesticado. Y añade gozosamente: “Si quieres un amigo, ¡domestícame!”. A partir de ahí, el zorro derrama su sabiduría, consciente, pese a todo, de que el lenguaje es fuente de malentendidos; una sabiduría que permite descubrir lo diferente en lo semejante, y sortear la monótona y cruel repetición de los días y los hechos que con harta frecuencia nos condena al terrible tædium vitæ. Al despedirse, el zorro le ofrece al principito una última enseñanza, una enseñanza que nos alerta acerca de cuanto nos rodea: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Qué duda cabe. Empezando por el aire que respiramos.

1 comentario:

  1. En honor a la verdad ahora debería ampliarla, de poder: Amigos, conocidos, saludados y espiados...

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