viernes, 31 de octubre de 2014

Niños o griegos

Hay que ser un griego de los de la antigüedad para comprender ciertas cosas. Griego o, en su defecto, niño. Y si no somos ni lo uno ni lo otro, nuestra comprensión será pobre. Eso es, al menos, lo que sostiene el narrador de Asklepios, el singular relato de Miguel Espinosa que hunde sus raíces en aquel espíritu griego, igual que lo hiciera el desdichado Hölderlin con su deslumbrante Hiperión. En nuestra época, doblegada por la desmesura más banal, resulta cada vez más improbable la más mínima manifestación del espíritu. De la misma manera, tampoco es raro ver cómo a los niños se les sustrae el inagotable manantial de la infancia. Hoy día, cuando el tiempo huye desbocado y la edad no impone fronteras, la niñez se vuelve añeja y confusa; y, aún más grave, quizás pasa sin dejar huella. Hoy día nada parece arraigar en nuestro espíritu, todo revolotea a nuestro alrededor como una mariposa. Nada parece tener sustancia; y todo se vuelve, más que líquido, gaseoso. Las emociones no arraigan, las experiencias no marcan, la vida se disuelve en la pura exterioridad y la inmediatez parece gobernarlo todo. Tan solo el dolor parece capaz, de vez en cuando, de uncirnos a nosotros mismos y al presente, huidizo presente que arde sin dejar pavesas de nostalgia… Nostalgia que, si amarga unas veces, nos devuelve otras la dicha de lo vivido.

jueves, 23 de octubre de 2014

[Lo absoluto en el instante]

El tiempo sólo puede anularse viviendo el instante íntegramente, abandonándose a sus encantos. Se realiza así el eterno presente: el sentimiento de la presencia eterna de las cosas. El tiempo, el devenir, a partir de entonces nos son indiferentes. El eterno presente es existencia, pues sólo durante esta experiencia radical la existencia adquiere evidencia y positividad. Arrancado a la sucesión de los instantes, el presente es producción de ser, superación del vacío. Dichosos los que pueden vivir en el instante, sentir el presente constantemente, atentos únicamente a la beatitud del momento y al arrobamiento que procura la presencia íntegra de las cosas... Y el amor ¿no alcanza lo absoluto del instante? ¿No sobrepasa la temporalidad? Quienes no aman con un abandono espontáneo son frenados por su tristeza y su angustia, pero también por su incapacidad de superar la temporalidad. ¿No ha llegado ya la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?

E. M. Cioran, En las cimas de la desesperación
[Traducción de Rafael Panizo]

jueves, 9 de octubre de 2014

miércoles, 1 de octubre de 2014

La sabiduría del zorro

El capítulo XXI me parece uno de los más memorables de El principito, la imperecedera obra del aviador Saint-Exupéry. En él se narra el encuentro entre el principito y un zorro sabio que le enseña lo que necesita aprender y, a los lectores, lo que no debemos olvidar. Esas páginas son un compendio de cuantos valores enriquecen la vida y la redimen de la pura y mecánica repetición, a la vez que se recalca en ellas la importancia de los lazos que establecemos con las cosas, los animales y las personas, ya que sólo nos sentimos cerca de algo cuando deja de sernos ajeno. Sencilla filosofía, y tan profunda.

(Josep Pla clasificaba así sus relaciones: amigos, conocidos y saludados. Él lo tenía claro, pero hoy, en los tiempos del inasible internet, todo parece más difuso.)

Pero volvamos al zorro. Cuando insinúa al principito que le “domestique”, que establezca lazos con él para llegar así a ser amigos, el principito se escuda en que no tiene tiempo, que tiene prisa por conocer muchas cosas y por descubrir muchos amigos... El zorro, que no se da por vencido, desgrana su teoría del conocer: no conocemos, le dice, sino aquello que hemos domesticado. Y añade gozosamente: “Si quieres un amigo, ¡domestícame!”. A partir de ahí, el zorro derrama su sabiduría, consciente, pese a todo, de que el lenguaje es fuente de malentendidos; una sabiduría que permite descubrir lo diferente en lo semejante, y sortear la monótona y cruel repetición de los días y los hechos que con harta frecuencia nos condena al terrible tædium vitæ. Al despedirse, el zorro le ofrece al principito una última enseñanza, una enseñanza que nos alerta acerca de cuanto nos rodea: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Qué duda cabe. Empezando por el aire que respiramos.