jueves, 26 de junio de 2014

La alegría

A veces nos invade la alegría, nos sobrecoge. Inesperada y grata, sorprende nuestro ánimo. Tanto, que a veces da cierto pudor (sí, pudor: ese sentimiento hoy leproso) dejarse llevar por la alegría por consideración a quién sabe qué supersticiones.

Viviendo ensimismado, espiando el propio dolor como quien escruta una cueva, la alegría se nos vuelve un don extraño, extraño e íntimo. Al que habita en la lóbrega tristeza siempre le resulta algo disonante la alegría, algo Stravinski, algo restallante; sobre todo la alegría que desborda, la que anega. El alma triste sólo disfruta de la alegría morosamente, con sigilo, como quien vela un secreto.

Y aunque toda la tristeza del mundo no impida que brote la alegría, no por ello es capaz la alegría de redimir la tristeza. Lo mismo que hay una alegría triste, hay una tristeza alegre. Y quien las probó, lo sabe.

martes, 24 de junio de 2014

Prosemas [II]

Somos tiempo, tiempo vencido por los días, sumiso tiempo cansado. Las huellas de ese tiempo delatan lo que es ido, aquello que nunca volverá. (En los arrabales de la noche perecen jirones de vida y, mientras, huérfanas esperanzas ensayan alivios.) Somos tiempo, náufragos en el dolor de la derrota, centinelas al acecho de no se sabe qué. Somos tiempo, tiempo derramado cada día, tiempo herido, presagio cruel de todos los olvidos.

sábado, 21 de junio de 2014

¿Asesinos suicidas o suicidas asesinos?

Decía Camus que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. “Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla —afirmaba— es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.” Eso decía Camus, aunque quizás a los suicidas la filosofía les traiga al fresco. Recientemente, o no tanto, ha aparecido un nuevo, o no tan nuevo, tipo de suicida: el asesino suicida o, para ser más exactos, el protosuicida asesino.

De vez en cuando nos sorprende la noticia de que, tras cometer un crimen, el autor acabó suicidándose, lo que da pie a pensar si la decisión de acabar con su vida favoreció la pulsión asesina, en plena confusión de efectos y causas. Quien sucumbe a tales tinieblas no solo es peligroso para sí mismo sino para los demás.  ¿Será cierto, acaso, lo que sostiene el lugar común y que se achaca a un personaje de Dostoievski: si Dios no existe, todo está permitido?

miércoles, 11 de junio de 2014

Prosemas [I]

El miedo ahuyenta los sueños. Aciagos son los días si el tiempo no tiene alas o si una soga ciñe cuanto somos y cuanto fuimos. El miedo erige sombras con pérfido rigor. ¿Dónde nos ocultaremos? ¿Qué ardua sentencia nos condenará al silencio? Terco silencio donde se desangran las palabras.

lunes, 9 de junio de 2014

¿Una moral acomodaticia?

Lo que para unos es pecado, para otros no lo es; y lo que para unos es delito, para otros no lo es. Cada quien se mide por el rasero de aquello en lo que cree. Por eso, tan sólo una moral cortada a nuestra medida nos permitiría vivir sin contradicción entre lo que creemos y lo que hacemos. Nuestras creencias, en cierto sentido, nos preceden, no están hechas a nuestra imagen y semejanza, razón por la que no siempre  somos leales con ellas. ¡Qué llevadera resultaría una moral absolutamente privada y que, al mismo tiempo, aceptaran los demás! Esa moral, cómo dudarlo, ahuyentaría los escrúpulos de conciencia: ni nos sentiríamos culpables, ni lo seríamos ante nadie. Pero esa moral, tan anacrónica y feudal, nunca podría ser la de todos: sería exclusiva de los calígulas, que la impondrían a sangre y fuego a los demás. 

viernes, 6 de junio de 2014

Escribir sin emoción

“Es inútil escribir sin emoción”, dictamina Cioran en sus Cuadernos. A pesar de lo inútil, qué difícil es, pese a todo, escribir sin emoción, escribir como un forense de las palabras o un verdugo de las ideas. Y, sin embargo, cuando la emoción nos sobrepasa, quién sabe cuánta cursilería sobrenada en nuestra palabras.